Hace un par de años Luís Landero vino a Zaragoza a presentar “Hoy Júpiter” la que por entonces era su última novela. Por entonces no había leído ni una línea de este extremeño de Chamberí. Asistí al evento al reclamo de la presencia de Ramón Acín que lucía galas de anfitrión y del que guardaba grato recuerdo como profesor en un curso de lectura. Fue una presentación que me marcó. Acín diseccionó con precisión la novela y Landero nos regaló un sustancioso discurso con su personal fraseo de scratching DJ. El mejor ejemplo para transmitirles mis sensaciones de aquel día lo encontré en la página ochenta y seis de “Retrato de un hombre inmaduro” “Un día vino al instituto un juez, o un fiscal, y nos dio una charla. Fue empezar a hablar y quitarse las gafas como si se despegara un antifaz del rostro, y ya no dejó de enredar con ellas y de acompasar con ellas su discurso, muy argumentado y gran mundano. Yo lo miraba y lo admiraba con esa admiración incondicional que se genera en las aguas limpias de la ignorancia. Sus razones resultaban incontestables. ¡Y las pausas! se hacía como un desgarro en las fibras del silencio, como un trémolo o un escalofrío, como cuando el narrador ha callado en una noche de invierno y al rato viene el viento a agitar las cenizas aún tibias del relato.” Algo similar me lanzó a leer la obra de Landero a finales de la primavera del 2007. Debido al retraso, lo hice con la carga de la culpabilidad, un lastre que desapareció muy pronto, eso es precisamente lo bueno de tener conciencia judeo-cristiana, que las penas se van tan rápido como vienen. Después de transitar por sus tres primeras novelas puedo afirmar que diecinueve años de retraso me han propiciado una perfecta sintonía con su obra, una conexión emocional que también ha surgido en su última novela.
“Retrato de un hombre inmaduro” nos habla del arte de contar y como “los recuerdos y ocurrencias se van enredando unos con otros” Esa fue la clave que me ató al narrador y me llevó hasta los recuerdos que guardo de mi padre, de su manera oral de contar las cosas, historias que partían de la realidad mas cercana para deslizarse hacia territorios inesperados. Como escribe Landero “Diríase que somos hijos legítimos de la realidad y bastardos de la ficción” La primera persona domina toda la narración con el tono confesional de un hombre mayor con dos perros y medio de vida, en la que parece su última noche entre los vivos. Nos habla desde la cama de un hospital y nos invita a escuchar el susurro de la vida cotidiana de un Chamberí que bien podría ser el cualquier barrio de cualquier ciudad, tan sólo tendríamos que mudar los nombres de los bares, las panaderías y los personajes para encontrarnos con realidades similares. Luís Landero afirma que todos los personajes de esta novela tiene un rostro real. Para mí también, solo he tenido que hacer un trueque. Las caras del bar Maracaná en el barrio de Chamberi son las caras de los clientes del Bar Miguel en el barrio de Las Fuentes, enfrente de mi casa, lo mismo he hecho con el fontanero, los vecinos y el coro de voces que conforman el libro. Es ahí donde se percibe el trabajo del buen escritor capaz de encontrar un itinerario creíble para trasegar la realidad a los contenedores de lo dramático, de lo sentimental; y hacerlo con brillante fluidez y la pátina del humor. Las páginas de este libro contienen desde la sonrisa de la ironía hasta la carcajada surrealista, todo ello en un tono muy serio, como si las peripecias fueran una película de Keaton. La risa como ejercicio saludable cuando la vida es sólo recuerdo, vivir la vida después de vivirla permite al narrador recrearse en los detalles, alargar los instantes y detenerse en las claves humorísticas. La vida circula por la novela con total libertad en un juego que el lector apreciara como sincero, sin embargo, el narrador nos advierte del gran teatro que significa “jugar con las palabras y los argumentos”, cuando la sinceridad aparece en el horizonte y “confesamos nuestras más intimas miserias”, en ese momento donde decimos lo que sentimos y pensamos, aún entonces “estamos condenados a la falsedad”. Pero eso es parte del juego narrativo al que Landero nos invita, un banquete donde las palabras se juntan para cocinar “modestos platos nutritivos” allí dónde la vida no necesita de la literatura, porque la vida del narrador, atendiendo a lo que nos confiesa, “es un cuento que no tiene nada que contar” olvidando que en todo caso, de ese caladero de lo cotidiano es de donde beben las novelas, la virtud esta en la mirada del escritor para extraer historias interesantes en medio del rutinario “salpicón de nombres, rostros y sucesos” que conforman la pulsión diaria de la vida. Nuestro protagonista necesita, en una espiral de creación literaria, además de los sucesos terrenales, la compañía de una interminable lista de deseos imaginarios que adornan las noches en vela porque, al fin y al cabo “algo tiene que hacer uno para defenderse del arreón diario de la lógica.” La horas de la noche pasan y con ellas se adivina la llegada de la muerte, un buen momento para olvidarse de hipocresías y aferrarse a la libertad de decir lo que uno piensa sin temor al arrepentimiento postrero. La muerte para certificar la certeza de que la vida ha sido un fracaso, la misma muerte que regala “grandeza y brillo” a una vida “vulgar y sin relieve”, la muerte que a todos nos iguala y de nuevo una conexión personal. En la novela de Luís Landero, Chanito Gil, aunque esta de puta madre, anuncia su muerte para antes de Navidad. Es el mismo discurso que usó mi madre antes de morir cuando, vitalista y sonriente, me anunciaba una y otra vez “yo no pasaré de la edad de tu abuela” Mi madre acertó su pronóstico. No era la primera vez que se cumplían sus intuiciones, un acierto que no he logrado asimilar porque su cumplimiento me dejó sin consuelo. Ese sentimiento de incomprensión se ha visto enjuagado por una de las múltiples reflexiones que navegan por el libro de Landero. “Todos tenemos a veces intuiciones, pero lo difícil es esclarecerlas, encontrar su porqué. /…/ Uno no puede adentrarse en los abismos del conocimiento con la mera razón. Hace falta algo más, una inspiración, un pálpito, un rapto de locura, o unas cuantas palabras afortunadas que nos franqueen el paso hacia esos parajes adonde la razón no llega porque ignora la contraseña que abre la puerta del misterio. Yo creo que la inteligencia es como una lámpara que sólo se puede encender en toda su luz con la chispa de la intuición” Nunca sabré cual fue el presagio funesto que puso en alerta a mi madre, pero ahora, como el narrador de la novela de Landero, estaré alerta para captar cuando llegue el mío. “Retrato de un hombre inmaduro” es la historia de una vida, el hilo conductor que nos llevará por el curso palpitante de la realidad o por la placidez de la reflexión. Una mirada al pasado libre de prejuicios, la verborrea que precede al silencio.
Abrí la bandeja de entrada del Outlook Express. El mensaje de Ramón Acín estaba claro. Me invitaba a compartir mesa en la presentación de la última novela de Luís Landero. No me pregunten los motivos de tan apabullante invitación porque yo no lo hice, solo dije que si. Entonces comenzó lo mejor. La lectura de “Retrato de un hombre inmaduro” fue tan estimulante como lo había sido el resto de las novelas de Landero que habían pasado por mis manos. Tomé muchas notas, subrayé aquí y allá, busqué un camino sobre el que construir una pequeña pieza oratoria y me asusté cuando, al terminar novela, fui consciente de a que me había comprometido. La intranquilidad frente al monitor del ordenador fue mayor y diferente a otras veces. Las palabras que nacían del teclado serían mi voz frente al público, Luís Landero y Ramón Acín. Demasiado unto para tan poco pan. Ángel Gracia, responsable del Forum de la Fnac, nos citó en el Bar Gong de la calle Alfonso media hora antes del evento. Cuando estreché la mano de Luís Landero recordé eso que siempre digo sobre la gente a la que admiro: A veces es preferible no conocerles. La frasecita se escabulló a escape de mi pensamiento. El autor extremeño estuvo cordial, cercano y amable. Recibió mi saludo con un cálido apretón de manos, me dijo que lo tuteara y preguntó como habíamos pensado dar forma al evento. Landero propuso una batería de preguntas, nosotros disparábamos y él hacía puntería. Acín afinó esa idea en dos partes, en la primera se leerían mis notas (¡a eso me apuntaba que para lanzar preguntas no iba preparado!) y en la segunda se abriría un diálogo en la mesa con vocación de trasladarse al público. Ramón Acín abrió la presentación asignando mi presencia a la categoría de lector y alabando los contenidos de esta bitácora. La amabilidad de sus palabras me descolocó y puso sobre el tapete todos los nervios que hasta entonces había dominado. Llegó mi turno. Empecé demasiado deprisa, como para quitarme las pulgas de encima, embebido en el texto supe que debía reaccionar. Fue entonces cuando levanté la cabeza y me encontré con la atención del autor. Me miraba interesado, o al menos esa fue mi percepción.
Luís Landero es un escritor de primera fila en plena gira promocional por televisiones, emisoras de radio, prensa escrita y saraos de todo pelaje en los que escucha a tipos de diferente pelaje opinar sobre su obra. Con esas premisas era muy raro que yo puediera aportar nada nuevo a todo lo que él ya ha oído. Sin embargo, ahí estaba, a mi lado. Sentí su cercanía. En algunas fases del texto conseguí el tono que había soñado para mi alocución. Remansé las sílabas y busqué los silencios que tanto me gusta subrayar, el tiempo necesario para que las frases respiren y el conjunto del texto tome oxígeno. Me apoyé en él, en su atención, eso me ayudó a terminar mejor de cómo había comenzado y a encontrar buenas vibraciones. Creo que lo dicho es suficiente. Hoy no toca el exhaustivo haraquiri de la autocrítica porque hoy es día de disfrutar, de recordar como Landero afirmó sentirse emocionado por las connotaciones personales que contenía mi texto y agradeció mis palabras con un par de besos «A mi me enseñaron» dijo «que hay que besar a los amigos» Después vino la clase magistral con disparos de Ramón Acín y puntería de Luís Landero pero eso, lectores de esta bitácora, es otra historia. _______ Fotografías de Migue
Tardes de Blog: Enfermedades de obreros y artesanos
Fotografía de Migue
Novena edición de Tardes de Blog en la librería El Pequeño Teatro de los Libros con la presencia del editor de “Enfermedades de obreros y artesanos” Miguel Ángel Daniel y yo somos paisanos, ambos nacimos en el pueblo minero de Utrillas. Lo recuerdo cruzando la Plaza Cervantes con toda la chavalería en dirección al colegio de “las monjas”, una institución propiedad de la empresa minera y de la que estaba al cargo las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, las mismas monjas que ejercían de enfermeras en el hospital minero, junto al colegio. La vocación médica de Miguel Ángel no surgió por aquella proximidad física entre el colegio y el hospital, fue algo mucho más práctico. Desde los seis años hasta los catorce curó a diario las piernas a su abuela, una operación que remataba con un perfecto vendaje en espiga, ya se sabe: Un vendaje bien hecho cura mucho más. Miguel Ángel siempre tuvo claro que elegiría la especialidad de medicina del trabajo, al fin y al cabo, una infancia ligada al trabajo de la mina de los hombres del pueblo, hace que las familias se familiaricen con conceptos como enfermedad laboral, accidente de trabajo y, algunas veces, muerte en el tajo. Algo muy presente en el caso de Miguel Ángel porque su padre pertenecía a la Brigada de Rescate, hombres con las agallas para entrar a la mina cuando todo el mundo sale de ella, hombres en busca de sus compañeros accidentados, marcados por la experiencia de sacar a sus compañeros muertos de las entrañas de la tierra. Fue ahí cuando tuvimos nuestro puntito de emoción y ambos recordamos algunos accidentes mortales que han marcado nuestros recuerdos infantiles. Le confesé a mi invitado que el nombre del blog siempre me pareció una declaración de principios para esta época de obreros que olvidan que lo son; y de artesanos, siempre mejor vistos, por aquello de que la elaboración manual ha tenido un aumento de la demanda y del prestigio. “Enfermedades de obreros y artesanos” tomó su nombre de uno de esos libros antiguos que a Miguel Ángel le gusta coleccionar y hojear. “El blog es una terapia” La afirmación fue contundente, la mejor manera de dar rienda suelta a esa característica personal de mucho hablar para explicar a la perfección cualquier aspecto de su profesión, por eso la bitácora esta alojada en el espacio que le brinda Diario Médico. Miguel Ángel, además de la prensa digital generalista, siempre se desayuna con las novedades en su campo profesional, no vaya a ser que salga al mercado un remedio nuevo para curar y él no se entere. Uno de los propósitos de Migue Ángel es conseguir que la relación médico-paciente fluya en ambas direcciones. Y cada vez que yo decía “pacientes” él los calificaba de “clientes”, le pregunté por este matiz y me dijo que el trato tiene que ser el mejor para que vuelvan, así que hay que tratarlos como pacientes y cuidarlos como clientes. En esa lucha de primar la comunicación y la pedagogía se encuentra diversas piedras en el camino, como la proliferación de series televisivas con ambientes médicos y las explicaciones del Doctor Google, dos factores que hacen de cualquier españolito un experto en medicina. A esa situación podemos sumar la arraigada costumbre médica de atrincherarse tras una avalancha de nombres impronunciables y, por lo tanto, expresarse como libros cerrados que Joses y Marijoses somos incapaces de descifrar. La vocación pedagógica que define “Enfermedades de obreros y artesanos” viene subrayada por la inquietud literaria de su editor. Mijose y Marijose son dos personajes arquetipos sobre los que Miguel Ángel construye muchas de sus historias, de ellos se sirve para mostrarnos las diferencias entre enfermedades comunes y laborales; desvela la picaresca magnética del currante y su curación por vía de prima variable de producción, la historia del paciente acompañado por su representante sindical y el extraño caso de cómo el absentismo laboral es inversamente proporcional al aumento de la crisis económica. Pero como cualquier otro autor, Miguel Ángel, por encima de todo, quiere a esos dos personajes y con ellos nos hace reír y reflexionar. Le pregunté a mi invitado por la sorpresa que me llevé al encontrar entradas en las que criticaba a compañeros de profesión, concretamente a médicos que se desenvuelven en ambientes sanitarios, muy alejados de la realidad médica de una fábrica, y que tratan con cierta condescendencia a profesionales que, como Miguel Ángel, ejercen sus funciones en el ámbito de la medicina del trabajo. Una postura tan poco corporativista no es habitual, sin embargo, tenía una pequeña mácula: La autocrítica (algo que ya no podría decir tras leer el post que hoy ha colgado Miguel Ángel con el título “La paja en el ojo ajeno”) Hablamos de la mala fama que arrastran los médicos de empresa entre algunos de sus pacientes. Una desconfianza marcada por la percepción de que la medicina del trabajo tiene mejor sintonía con las directrices económicas de la empresa, en lugar de mostrar el debido interés y preocupación clínica por los trabajadores; o el miedo de algunos obreros a que sus datos médicos, personales y secretos, caigan en manos de la patronal. Miguel Ángel se puso serio y afirmó que tanto las historias clínicas como las analíticas están sometidas al secreto profesional y que esos miedos son infundados. También afirmó que a lo largo de su ya dilatada carrera nunca había sido presionado para acelerar la incorporación de trabajadores al sistema productivo. Pero en la salud de los obreros y artesanos no sólo esta en manos de su “trabajólogo”, ahí tiene mucho que decir Mi Rocío: El ATS que completa el equipo profesional. Miguel Ángel los homenajea y pone en valor su trabajo en la persona de Rocío, la enfermera con la que comparte el turno de mañana. “Enfermedades de obreros y artesanos”, además de Rocío, tiene otras personas reales, son las que aparecen en la sección “Querido diario”, el lugar íntimo y familiar dónde nos encontramos con Mi Santa y una historia sobre fotos subidas de tono para demostrar que las cajeras y las mamas son tan sexys como las que más, sólo necesitan los mismos focos. Mi Talibán, un niño sin complejos que baja al parque con la tapa de un váter como juguete postmoderno, aunque ese niño no sabe que las tapas de váter, allá por principios de los años setenta, era unos elementos muy apreciados en Utrillas para utilizarlos como esbariza culos. Mi Princesa, la fotógrafa de la familia, esa mirada distinta a través de un objetivo, y me temo que el ojito derecho de Miguel Ángel, ese orgullo de padre por las chicas listas. Y regresamos a Utrillas, a la infancia, a la juventud de comprar condones en la confitería porque cualquiera se los pedía a Doña Eva, la farmacéutica, a la emoción de unos cuantos mozos plantando “El chopo” para la noche de San Juan y cortarlo para Santiago, a los hermanos, al “cuñao” y al padre. Miguel Ángel define a su padre como un hombre justo, pastor antes de pasar más de treinta años de mina entre barrenos y golpes de pico para sacar adelante a la familia. Una vida que se resume en la foto que Tomás tiene en el Museo Minero de Utrillas.
El quince de marzo de este año tuve el placer de tener a las gentes de La Casa de Zitas como invitados a las Tardes de Blog. Ocho meses después han inaugurado el espacio donde el grupo va a fijar su identidad, un paso más en la batalla de estos valientes por dinamizar la vida cultural de Zaragoza.
Ignacio Escuínpresentó ayer su último poemario en la librería El Pequeño Teatro de los Libros. “Habrá una vez un hombre libre” ha sido publicado en la editorial Huacanamo Poesía. Fernando Sanmartín glosó las andanzas culturales y la obra del autor, lo hizo con alabanzas medidas y alguna que otra discrepancia, una postura que cargó de credibilidad a todo lo que de bueno nos contó del libro. Mencionó la importancia del segundo poema, un texto titulado “La noche”. Horas de vigilia al pie de la cama. Noche hospitalaria. Largas noches donde se barajan las cartas de dolor mezcladitas con lo cotidiano. Ese poema fue el avisó. Sanmartín habló de otros versos, de la arrebatadora desnudez de quien se enfrenta a terrenos fronterizos, esos en los que un mal paso te lleva al precipicio. Pero pronto regresó a la ruta que ya había esbozado y que se condensa en los trece últimos poemas bajo el título de “La Espera”. El libro de Ignacio Escuín me espera bajo la luz del flexo. Aún no he leído la dedicatoria, esperaré hasta mañana. Creo que en esas páginas voy a encontrar algunas de las claves para comprender mi propia espera. La revelación fría de la muerte, ahí esta, lo sabes, no hay otra salida. De repente la esperanza. La luz que ilumina el camino. Las lágrimas en la planta de neurocirugía del Hospital Obispo Polanco de Teruel. El viaje al pasado, un recorrido por la historia de antes de nosotros, cuando ellos eran los rebeldes de sus propias causas y los enamorados. Mi padre, después del segundo derrame cerebral, se quedó cuatro días sin palabras, entonces supe cuanto tiempo había desperdiciado llevándole la contraria por el puro placer de discutir. Volvió a hablar pero ya no era lo mismo. Me detuve antes de llegar. Escuché su respiración. Pasen al box número cuatro. Recuerdo la voz distorsionada que nos avisaba por el altavoz instalado en la sala de espera, después venía el peregrinar por los pasillos, a veces me perdía, era un estúpido mecanismo de defensa. La espera ha concluido. El día que mi madre murió el teléfono sonó a las cinco y cuatro minutos de la mañana, me despertó el Himno de la Alegría y pensé que llegaba tarde al trabajo. La primera vez que el dolor escapó fue por el pinchazo del hambre, sonreí porque mi padre siempre lo decía: El muerto al hoyo y el vivo al bollo, en este caso un bocadillo de pechugas de pollo. A mis padres no les gustaba la incineración. Ahora son vecinos, están separados por media docena de calles. Desde que mis padres han muerto ya no soy el mismo, a veces me siento sólo: Sin padre ni madre ni perrico que me ladre.
El proceso de comunicación tiene por finalidad la transmisión de un mensaje. La comunicación es la base de las relaciones humanas. Un emisor y un receptor sintonizados para que la comunicación, y por lo tanto la humanidad, fluyan. La presencia del emisor, el receptor y el mensaje no garantiza el acto comunicativo. Para la culminación de este fenómeno es imprescindible que el receptor interprete correctamente el mensaje que recibe. Este sistema, aparentemente sencillo, suele verse interrumpido por diferentes cuestiones que emborronan y complican el acto comunicativo. Algunas veces son cuestiones puramente circunstanciales, pero también existen personajillos que confunden la identidad con la exclusividad en los códigos comunicativos y, por lo tanto, olvidan al receptor como elemento fundamental para que el invento funcione, y el invento no es la identidad, es, no lo olviden, la comunicación. Dos supervivientes que se encuentran sobre el tejado de una casa inundada. El agua los rodea y los incomunica del resto del mundo. Los desconocidos inician su relación con desconfianza y recelos. Al principio es muy difícil pero poco a poco, aunados por el esfuerzo para sobrevivir, la comunicación entre ellos comienza a fluir. Un viaje para desvestirse de sus roles y cubrirse con las ropas de la humanidad. Los actores Fernando Madrazo y Luis Oyarbide construyen sus personajes de manera prodigiosa. Su entrega sobre la sencilla y eficaz escenografía consigue que los espectadores se sientan atraídos por estos supervivientes, que terminan por instalarse en nuestro corazón conforme su relación abandona la aridez de los prejuicios y se introduce en el vergel de la amistad. Madrazo y Oyarbide ejecutan con precisión el trabajo gestual, un ballet corporal que subraya la evolución en el esfuerzo comunicativo que nos muestra el excelente texto que los actores interiorizan y regalan a estos náufragos. El trabajo actoral es fundamental para subrayar y comprender la metamorfosis comunicativa que comienza llena de aristas y termina moldeada por el esfuerzo común. Un proceso en el que Robinson y Crusoe son capaces de salvar sus diferencias y construir un sistema propio dónde ambos comprenden los mensajes del otro. Esa es la gran victoria de nuestros personajes: Vencer a las palabras y dejarse llevar por el corazón. “Robinson y Crusoe” es una aventura disfrazada de metáfora. Un viaje que nos hace reflexionar sobre el proceso de la comunicación, un acto que se suele identificar con la facultad humana del lenguaje, pero los hombres, si tenemos la suficiente determinación, somos capaces de vencer la exaltación de la identidad definida por el idioma y sobrevivir con altas dosis de humanidad, humor y amistad. _________________ La Machina Teatro (Cantabria) “Robinson y Crusoe” de Nino D’Introna y Giacomo Ravicchio, dirigida por Carlos Herranz. Del 13 al 15 de noviembre
Teatro de la Estación C/ Teniente Coronel Pueyo 8 Zaragoza Teléfono de reservas: 976 46 94 94 viernes y sábado: 21 horas domingo: 20 horas _________________