Un bailecito
Una chica de trece años buscaba un chaval de quince años para formar una pareja de baile dispuesta a partirse el cobre con los ritmos estándar y latinos. Recordaba la contraportada del Heraldo que se había hecho eco de la noticia. Memorizó el número de teléfono pero, cuando llegó el bus cambió de idea y modificó su itinerario.
Hacía un par de años que había estado matriculado en una Escuela de Baile. Fue una experiencia dual que aún lo tenía mosqueado. Javier disfrutó con la mecánica de desmenuzar cada ritmo, descomponer los bailes hasta su mínima esencia para desde ahí, poco a poco y de una manera individual, construir los pasos. Una vez dominado lo personal se producía el milagro de la fusión con tu pareja, que también había construido su propio mundo. Era asombroso que, tras interiorizar pasitos en apariencia inconexos, la conjunción entre lo masculino, lo femenino y el rigor académico fuera tan excitante como para devenir en maravillosas coreografías a ritmo de cha-cha-cha, pasodoble y rockandroll por citar sólo tres estilos.
Sin embargo, Javier era deudor del espíritu anárquico de su baile, cultivado de manera intuitiva en infinidad de plazas verbeneras durante los veranos juveniles. Esa mácula siempre terminaba por salir a la luz. Aguantaba la disciplina de lo ortodoxo durante algunos minutos pero poco a poco, el corazón se imponía al cerebro y los pasos mutaban, perdían ritmo, la frecuencia se disparaba y la gestualidad de brazos y mofletes desvariaba hasta límites fuera de lo correcto. Ni siquiera podía acogerse a la excusa de que aquellas variaciones eran las propias de un bailarín creativo que no se conforma con lo establecido. Sus desfases se despeñaban por la mediocridad del desfiladero que llevaba al trote charanguero, paso corto de castizo ligoteo o el más ancestral de los saltitos encadenados, tan característico de nuestros abuelos cuando celebraban el fin de la siega.
Por eso Javier dejó sus clases, porque comprendió que no podría asumir la disciplina y el rigor que exigía el academicismo de los bailes de salón, que tenía tatuado a fuego el ritmo simplón que lo mismo sirve para de bailar cumbia o rumba con tanto garbo como falta de técnica.
Cuando Javier cruzó la puerta de la Escuela se sintió como en casa. Preguntó por la madre de la niña que buscaba pareja de baile, enseguida le dieron razón y se encontraron bajo un amistoso apretón de manos. Ella tomó con rapidez la iniciativa de las preguntas « ¿Cuántos años tiene el chaval? ¿Qué ritmos son sus favoritos? ¿Cuánto tiempo lleva bailando? ¿Qué días le venían bien para entrenar? ¿Cómo se llama su hijo? »
Javier dio cuenta de la estupidez que estaba cometiendo. Era su hijo de quince años el que debería estar allí como candidato, el hijo que nunca tuvo. El anuncio era para el vástago con el que siempre había soñado ¿Qué fusible se le había fundido a un cuarentón con barriguita cervecera, mofletes de tocino y pelitos en las orejas para provocar una escena tan humillante?
Quiso huir pero no pudo. A sus oídos llegaron las notas inconfundibles de un bolerazo. Rehizo el gesto, estiró la espalda y dio dos pasos con la firmeza de los galanes de las telenovelas sudamericanas. «He leído en el periódico que le gusta mucho bailar y por eso he venido, ¿me permite este baile?»
La madre de la niña que buscaba pareja de baile afirmó en silencio y Javier, envalentonado por el miedo a que se supiese el desvarío de su visita, ciñó sus hechuras para marcarse el mejor baile de su vida.
Etiquetas: Relato





