La curvatura de la córnea

13 julio 2009

Un bailecito

Javier López Clemente vio el anuncio mientras esperaba el treinta en la Plaza de España. Era una de esas hojas que se pegan en señales y farolas y de las que se puede arrancar el número de teléfono que te pone en contacto con el interesado. Le llamó la atención el encabezado “Atención Chicos”.
Una chica de trece años buscaba un chaval de quince años para formar una pareja de baile dispuesta a partirse el cobre con los ritmos estándar y latinos. Recordaba la contraportada del
Heraldo que se había hecho eco de la noticia. Memorizó el número de teléfono pero, cuando llegó el bus cambió de idea y modificó su itinerario.
Hacía un par de años que había estado matriculado en una Escuela de Baile. Fue una experiencia dual que aún lo tenía mosqueado. Javier disfrutó con la mecánica de desmenuzar cada ritmo, descomponer los bailes hasta su mínima esencia para desde ahí, poco a poco y de una manera individual, construir los pasos. Una vez dominado lo personal se producía el milagro de la fusión con tu pareja, que también había construido su propio mundo. Era asombroso que, tras interiorizar pasitos en apariencia inconexos, la conjunción entre lo masculino, lo femenino y el rigor académico fuera tan excitante como para devenir en maravillosas coreografías a ritmo de cha-cha-cha, pasodoble y rockandroll por citar sólo tres estilos.
Sin embargo, Javier era deudor del espíritu anárquico de su baile, cultivado de manera intuitiva en infinidad de plazas verbeneras durante los veranos juveniles. Esa mácula siempre terminaba por salir a la luz. Aguantaba la disciplina de lo ortodoxo durante algunos minutos pero poco a poco, el corazón se imponía al cerebro y los pasos mutaban, perdían ritmo, la frecuencia se disparaba y la gestualidad de brazos y mofletes desvariaba hasta límites fuera de lo correcto. Ni siquiera podía acogerse a la excusa de que aquellas variaciones eran las propias de un bailarín creativo que no se conforma con lo establecido. Sus desfases se despeñaban por la mediocridad del desfiladero que llevaba al trote charanguero, paso corto de castizo ligoteo o el más ancestral de los saltitos encadenados, tan característico de nuestros abuelos cuando celebraban el fin de la siega.
Por eso Javier dejó sus clases, porque comprendió que no podría asumir la disciplina y el rigor que exigía el academicismo de los bailes de salón, que tenía tatuado a fuego el ritmo simplón que lo mismo sirve para de bailar cumbia o rumba con tanto garbo como falta de técnica.
Cuando Javier cruzó la puerta de la Escuela se sintió como en casa. Preguntó por la madre de la niña que buscaba pareja de baile, enseguida le dieron razón y se encontraron bajo un amistoso apretón de manos. Ella tomó con rapidez la iniciativa de las preguntas « ¿Cuántos años tiene el chaval? ¿Qué ritmos son sus favoritos? ¿Cuánto tiempo lleva bailando? ¿Qué días le venían bien para entrenar? ¿Cómo se llama su hijo? »
Javier dio cuenta de la estupidez que estaba cometiendo. Era su hijo de quince años el que debería estar allí como candidato, el hijo que nunca tuvo. El anuncio era para el vástago con el que siempre había soñado ¿Qué fusible se le había fundido a un cuarentón con barriguita cervecera, mofletes de tocino y pelitos en las orejas para provocar una escena tan humillante?
Quiso huir pero no pudo. A sus oídos llegaron las notas inconfundibles de un bolerazo. Rehizo el gesto, estiró la espalda y dio dos pasos con la firmeza de los galanes de las telenovelas sudamericanas. «He leído en el periódico que le gusta mucho bailar y por eso he venido, ¿me permite este baile?»
La madre de la niña que buscaba pareja de baile afirmó en silencio y Javier, envalentonado por el miedo a que se supiese el desvarío de su visita, ciñó sus hechuras para marcarse el mejor baile de su vida.

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09 julio 2009

Cantares (Deep House Style)

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07 julio 2009

Día de perros, una novela de David Jasso


Un corro de niños se enfrentaba a la tarea de crear una historia. David Jasso era el catalizador de las ideas de los zagales, el orfebre que pule ensoñaciones, miedos y algunas tramas descabelladas. La idea me pareció fabulosa: Los niños elegían personajes, los bautizaban y poco a poco urdían una historia que terminó con final feliz, un ejercicio que, además de poner en forma la imaginación, les obligaba constantemente a elegir, en cada cruce una elección y por lo tanto una renuncia.
Meses más tarde, en la presentación del libro “Al final del pasillo”, algunos de los autores que conforman este libro de relatos intentaban tasar que tanto por ciento de literatura de terror recorría las líneas de la antología citada. En medio del debate surgió la voz de Ángel Gracia para afirmar que le daba un poco de vergüenza hablar de literatura de terror cuando entre el público se encontraba David Jasso, al que tildó como el mejor escritor aragonés del género.
Ya no había dudas, las pistas para adentrarme en alguno de los libros de Jasso eran más que evidentes pero aún esperé hasta que todas las alarmas se dispararon cuando lo encontré firmando ejemplares durante la última feria del libro y compré “Día de perros”
El autor me preguntó, mientras rubricaba un ejemplar, si era aficionado a la literatura de terror, le dije que no, que no había leído mucho en ese terreno, él sonrió y afirmó «Pues mejor, porque en esta novela he abandonado el género terrorífico, a lo sumo encontrarás suspense e intriga»


La normalidad de los cotidiano esta suspendida de un ligero hilo, un cable que no podemos controlar, una casualidad, la idea disparatada de un adolescente, el azar desbocado, cualquier cosa puede convertir la tranquilidad de nuestros días en una pesadilla, es algo de lo que no somos conscientes y tal vez por eso, nuestras reacciones son imprevisibles. Esa es la fuerza de la que se nutre “Día de perros”, de cómo el más caluroso día de verano se puede transformar en una persecución a través de la frescura en el lenguaje y el perfecto dominio de los tiempos para que pasar una hoja tras otra sea una necesidad. Los cambios en la voz del narrador provocan pausadas reflexiones sobre la actualidad más rabiosa, o intrépidas carreras por las calles de una Zaragoza reconocible pero instalada en un futuro muy cercano. Ese juego de lo que esta por venir es utilizado por el autor con la ironía propia de los tipos con el ingenio suficiente para pensar en títulos de canciones eurofestivaleras, campañas publicitarias o la moda, aún por venir, del vaquero con micro peto lateral.
David Jasso maneja a la perfección los hilos con los que mueve a sus personajes, esa pandilla que todos hemos tenido con sus juegos de poder y las chispas adolescentes del amor sin aditamentos, colorantes o conservantes, el matrimonio de mediana edad en busca del difícil equilibro emocional y el chico malo. Estereotipos que a la postre no lo son tanto y a los que terminamos por querer. Seres humanos atrapados en comportamientos erróneos que comprendemos, y hasta justificamos. Compañeros de fatigas que verbalizan aquellos sueños que tuvimos y que ya no serán.
Las páginas del libro están trufadas constantemente por términos y situaciones marcadas por la tecnología como hábitat natural donde se mueven los urbanitas que pueblan esta novela. Los capítulos se unen unos a otros con ritmo cinematográfico, la acción siempre hacía adelante, el pulso del texto aumenta página a página, la velocidad de la lectura es trepidante hasta llegar al punto de no retorno cuando la tensión crece y crece y se hace irresistible. Y si te parece poco, el autor se descuelga con una desternillante nota para la segunda edición que, hazme caso, solo deberías leer una vez terminada la novela.
En “Día de perros” encontraras suspense, el aroma de la amistad, el dolor del primer amor y el miedo a lo inesperado. Una excelente lectura para estos días de calor, el complemento imprescindible para la toalla, la sombrilla y la crema solar. Y recuerda que cualquiera puede tener un día de perros.

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05 julio 2009

Primer Aniversario El Pequeño Teatro de los Libros

Fotografías de josemarco
El Pequeño Teatro de los Libros llegó al barrio de las Fuentes con los calores veraniegos del año pasado. Deje pasar casi dos meses para recoger la noticia en esta bitácora, me pillo la época incrédula. Desde entonces han sucedido muchas cosas y la mejor ha sido celebrar el primer aniversario de esta librería que, pronosticada su defunción por casi todos, esta dando una lección de pasión para con los libros, faro en actividades culturales y valentía empresarial, ¿alguien puede dar más?
El pasado viernes se celebró una pequeña fiesta de aniversario. Ciro y Carolina tuvieron la extraña idea de invitarme al evento y en fin, aunque solo fuera por estar al lado del polifacético David Jasso, que nos deleitó con un relato de terror; y de un par de brillantes músicos que nos recordaron algunos clásicos de rock y el aroma blues de factura propia.
Mi aportación a la fiesta fue la visión de un vecino. Intenté expresar la alegría que me produce tener a tiro de zapatillas y batín la posibilidad de asistir a recitales poéticos, lecturas dramatizadas, actuaciones musicales, danza contemporánea, cuenta cuentos para niños y en breve para mayores, autores que charlan con los lectores, blogueros en tres dimensiones, todos los libros al alcance de la mano y una mesa mágica en torno a la cual se cumplen los sueños.
Felicidades a los libreros, enhorabuena a los habitantes del barrio de Las Fuentes y ánimos para el resto de la ciudadanos: Un paseo ribereño, una buena combinación de autobuses, una estación Bizi, todos los caminos llevan hasta El Pequeño Teatro de los Libros.

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02 julio 2009

Man in the mirror (TRIBUTO A MICHAEL JACKSON)

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01 julio 2009

A 360º de la nostalgia

La primera vez que giré 360º fue la noche del estreno de la bola central en la discoteca Las Torres. Los tradicionales veinte minutos de lentas abrazado a su cintura estuvieron salpicados por multicolores muescas de luz, las incisiones brotaban del centro de la sala, recorrían las cuatro paredes y se concentraban en su rostro de ojos cerrados. La hipnosis de aquella noche deslizó mis dedos hasta la cintura de sus apretados Lois a los que también les di una vuelta de 360º. Los dientes de la cremallera abrieron el camino hasta la luz de la luna, abrochados de labios, brazos y piernas rotamos como los redoncheles desbocados que hacíamos correr desde las cuestas de Los Pajares hasta el mullido césped de las riberas del río Moral.
Poco a poco, los giros abrazados de 360º cayeron en desuso, se perdió la costumbre de pinchar lentas en las discotecas y la media hora de baladas verbeneras fue sustituida por el soniquete recaudatorio de las mozas del pueblo cantando los números del bingo.
El estadio del F.C. Barcelona se vistió ayer de lujo para estrenar 360º Tour , la nueva gira de U2. La banda irlandesa ha vuelto a dar un giro de tuerca en el negocio de la música con este nuevo concepto de directo que convierte el escenario en una peonza que gira y gira para llegar con la misma intensidad a todas las butacas de un estadio con dos objetivos: Acercarse al público lo máximo posible y rentabilizar todas las localidades disponibles, una simbiosis entre lo artístico y lo económico, Bono en estado puro.
La idea de U2 girando 360ºme llevó hasta la Zoo TV Tour en el Vicente Calderón, una deslumbrante noche de verano que con el tiempo ha destilado toda su novedosa energía escénica en un gesto que tuvimos mi chica y yo: Unidos por la presión arterial, sístoles y diástoles sincronizadas y los ojos cerrados, así, apretaditos como aprendimos bajo la bola de cristal de la discoteca Las Torres, así giramos 360º, con el tiempo me he dado cuenta que aquella canción fue la primera balada de nuestras nuevas, imprevistas y desvestidas vidas, vidas planas en las que decidimos dejar de girar.

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30 junio 2009

Carta abierta al Sr. López Clemente


Madrid, 30 de junio del 2009

Estimado Sr. López Clemente

El pasado fin de semana asistí a las tres funciones que el grupo número uno del Teatro de la Estación, al que usted pertenece, hicieron de “Un cadáver en el salón”, una aceptable adaptación de la obra de Jardiel Poncela titulada “El cadáver del señor García”
Mi nombre es Mirabeau, efectivamente Sr. López, soy el personaje que usted interpretó. Le escribo esta carta porque considero de suma importancia que usted conozca mi punto de vista sobre como me ha construido en el escenario.
Empezaré por la parte externa. Reconozco que su salida a focos me sorprendió, llevaba usted una barba como para llamar la atención pero que estabas más cerca de un enterrador de película del Oeste que de un ciudadano español del primer tercio del siglo pasado. El corte y el estilo de los pantalones dejaban ver las habilidosas manos de alguna modistilla, sin embargo, es impensable que yo acompañara a mi prometida a casa de sus vecinos ataviado con una pajarita tan poco vigorosa, tirantes pinza en lugar de abotonados y una camisa de manga corta, cuando lo correcto hubiese sido la utilización de de la manga larga, gemelos de oro en los puños y una chaqueta como mandan las más mínimas normas de urbanidad, por no hablar de esas ridículas gafas de seguridad que, si estoy en lo cierto, son de uso obligatorio en las actuales instalaciones industriales pero que nada tiene que ver con la época histórica de la obra.
Una correcta elección de vestuario es fundamental para perfilar el personaje, le recuerdo que la vestimenta es lo primero que llega a los ojos del espectador, que son esas sensaciones inmediatas las que configuran de manera intuitiva el personaje y usted, en ese terreno, se equivocó.
Sin embargo lo peor de las tres funciones fue su falta de definición en el terreno de la personalidad. Mirabeau se puede abordar desde diferentes lugares, es un personaje que se puede pintar como el pánfilo más pánfilo, el iluso que no se entera de lo que ocurre a su alrededor pero que termina por caernos bien de tan pánfilo que es. También se puede dibujar un Mirabeau endomingado, estiradote, tan seguro de sus conocimientos que no le importa gastar verborrea sin sentido, un tipo ajeno al rubor, incansable en la confección de párrafos que no dicen nada o, aún peor, que solo dicen lo obvio.
Pero usted no se decidió por ninguno de los perfiles posibles, por eso fue imposible que su personaje respirarse, esa evidente falta de personalidad le impidió construir un armazón sólido, reconocible y con la solvencia de la que hicieron gala la mayoría de sus compañeros que trazaron las líneas básicas de sus personajes, y con ese boceto trabajaron desde principio hasta el final con coherencia, consistencia y continuidad. Usted, sin embargo, se dedicó a ser pánfilo de solemnidad de salida, excesivamente temeroso en la parte intermedia de la obra y, para rematar el desaguisado, intentó convencernos de una solidez masculina apoyada en unos estrógenos que no venían a cuento.
Se dedicó, en resumen, a ejercer de veleta, a ir de aquí para allá sin definición, deslavazado y cometiendo el peor de los errores: Mirabeau es un orador, un rapsoda, para él escribió Jardiel algunos párrafos que así lo identifican y que usted olvidó en más de una ocasión para regalarnos algunas deplorables morcillas de su propia cosecha, esos cambios en el texto de la obra dejaron desnudo al personaje de la brillantez del autor y al amparo de su dudosa capacidad para la creación sobre las tablas.
Sr. López espero que mis apreciaciones no le hayan sumido en la tristeza, la depresión o el odio, al fin y al cabo, son críticas que le lanzo desde el cariño y el respeto debido a las personas que se lanzan a la difícil tarea de interpretar sin tener muy claro la responsabilidad que adquieren para con el público que paga, para con los personajes que sufrimos estos desaires y para con los actores de verdad que tanto esfuerzo les cuesta mantener a flote ese ancestral oficio de procurar el entretenimiento de los demás.
Me despido con la esperanza de que esta carta sea un acicate más que una losa. Continúe en este camino de la interpretación Siga esforzándose como me consta que lo hace en los ensayos, en el camino del trabajo tal vez pueda encontrar los brotes verdes de aquellos que carecen de talento.

Reciba un cordial saludo.

Mirabeau

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